martes, 10 de febrero de 2015

Testimonio Personal





Cuando apenas tenía doce años de edad, fui admitido en un Seminario o Escuela Apostólica, a fin de iniciar el camino de preparación para llegar un día a ser un sacerdote de la Iglesia Católica Romana. Los formadores nos decían que aquellos que abrazaban la vida religiosa, esto es, quienes realizaban los tres votos simples de castidad, pobreza y obediencia, eran más perfectos que aquellos que contraían matrimonio; mostraban hacia Dios un amor mucho mayor y, por ende, Dios los amaba también más. Un "santo" era aquel que, por medio de sus obras meritorias, no sólo salvaba su alma sino que ayudaba a la salvación de los demás hombres. Todos los días realizábamos exámenes de conciencia, llevando cuenta de los pecados, para que luego fueran perdonados en el sacramento de la confesión. Porque esta salvación, tan difícilmente ganada, se podía perder en cualquier momento al cometer un sólo pecado mortal, como el de faltar a misa un día domingo. Cuando comencé a leer las Sagradas Escrituras, también comencé a darme cuenta que, la exigencia de "amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas", es para todo aquel que se considere cristiano. Por otra parte comprendí que, aquello que distingue al cristianismo verdadero de las religiones del mundo, es el hecho de centrar toda la atención en lo que Dios ha efectuado para rescatar al ser humano de su estado caído, más que en lo que este último debe hacer para allegarse a Dios. A medida que estudiaba las Sagradas Escrituras, de manera especial las cartas paulinas, se me iba revelando cada vez más, y con absoluta claridad, su mensaje; sentí que esa era el agua de vida que mi alma estaba buscando anhelosamente desde hacía muchos años: El Hijo Unigénito de Dios se hizo hombre y cargó con todos los pecados de la humanidad pasados, presentes y futuros y pagó por ellos derramando su sangre preciosa en la cruz del Calvario. Cada persona, individualmente, debe apropiarse por medio de la fe de esa salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo Jesús. Es así que, el Evangelio, centra nuestra atención en la obra de amor de Dios y no en las obras humanas. De esta manera, cuando tenía treinta años de edad, dejé para siempre la iglesia romana y me acerqué a las llamadas "iglesias evangélicas", para observar con tristeza que, en la mayor parte de ellas, la atención no está centrada en el Evangelio, sino en "poder y milagros" y cómo alcanzar la prosperidad económica a través de los diezmos y las ofrendas. De acuerdo con mi esposa, dejamos de congregarnos a la espera de que el Señor mostrase su voluntad. En tanto, continuamos orando y estudiando la Biblia en nuestro hogar, como así también visitando a otros creyentes que tampoco asistían ya a sus iglesias de origen por una problemática similar a la nuestra. Es imposible que el agua de vida del Evangelio original no se derrame y extinga la sed, no sólo del que la bebe, sino también de otras almas en torno suyo. En la actualidad, el grupo de creyentes que nos congregamos, es pequeño, y nos enfrentamos con numerosos inconvenientes, propios de estos "tiempos difíciles" (2ª Timoteo 3) cercanos al retorno de Nuestro Salvador, pero nos sostiene su promesa:"No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino" (Lc. 12:32).  


(Pablo Claudio Salvato
lunes 07/01/2008)    

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