jueves, 27 de noviembre de 2014

CONSIDERACIONES SOBRE LA COMUNIÓN ANGLICANA





Los factores principales en la identificación de una iglesia están relacionados con sus doctrinas y enseñanzas teológicas.  Algunas de las características que señalan más específicamente la identidad y naturaleza de la Iglesia Anglicana:
UNA IGLESIA HISTÓRICA
La Iglesia ha existido en Gran Bretaña desde los primeros siglos de la época cristiana. Unos dicen que su apóstol fué José de Arimatea. Otros creen que fue San Pablo. Ciertamente, en el Concilio de Arlés, convocado por el Emperador Constantino, en el año 313, participaron tres obispos británicos. Al llegar los invasores anglo-sajones en el siglo V, la Iglesia fué confinada a las sierras de Gales e Irlanda. Un siglo más tarde, los anglo-sajones fueron evangelizados por monjes célticos de Irlanda y Escocia y por monjes italianos de Roma. El líder de los monjes romanos, Agustín, estableció la sede de Canterbury en el siglo VI.
En el año 644 la rama céltica aceptó la primacía de Canterbury y todos quedaron bajo la creciente autoridad del obispo de Roma.
En los siglos que siguieron, nunca desapareció la tradición que resistía a la autoridad papal. Su más destacado oponente en la «Ecclesia Anglicana» (así se titula en los documentos medievales), era el catedrático y párroco Juan Wiclif (1329-84). Wiclif sostuvo la superioridad absoluta de la Biblia sobre los pronunciamientos de la Iglesia en asuntos de fe y práctica. Insistió que cada hombre, hasta el «mozo de arado», tenía derecho de leerla y oírla en su lengua madre. Wiclif hizo la primera traducción de la Biblia al inglés, la que sirvió de base a otra, hecha por Guillermo Tyndale en 1526, y ayudó a preparar el terreno para una revolución espiritual en Inglaterra.

UNA IGLESIA REFORMADA
Al llegar el siglo XVI, las Iglesias que estaban en comunión con Roma se habían alejado mucho de la sencillez y espiritualidad de la Iglesia Apostólica. La tremenda inquietud entre hombres sinceros con relación a este estado de cosas se cristalizó cuando el monje alemán Martín Lutero lanzó su desafío contra las corrupciones de la Iglesia Católica Romana en 1517. Lutero había descubierto en la Biblia una verdad básica que la Iglesia había sepultado bajo un montón de tradiciones humanas. Era la doctrina de la justificación por la fe, según la cual el hombre no puede ganar el perdón de sus pecados por sus propios esfuerzos. Todo el aparato de la Iglesia Medieval — penitencias, peregrinaciones, ayunos, austeridades, absoluciones, misas, reliquias, indulgencias — no valía nada como un medio de reconciliar al pecador con Dios. La reconciliación ya la había efectuado Dios mismo, actuando en Cristo. Dios acepta (justifica) al pecador que está en Cristo. Queda entonces para el pecador el aceptar al Salvador por fe, arrepintiéndose y sirviendo a su Señor en el poder del Espíritu Santo como expresión de su confianza y gratitud.
Las Iglesias de Europa tuvieron que decidir entre la autoridad de Roma y la autoridad de la Biblia.
Como muchos príncipes europeos de la época, Enrique VIII tuvo motivos políticos para independizar la iglesia de su país del poder de Roma. Fuese lo que fuera su propósito, él no podría haber hecho nada sin el consentimiento de los anglicanos. A ellos no les interesaba en lo más mínimo el tener o no una nueva reina para Enrique. Ellos buscaban una iglesia renovada de acuerdo a la luz de la Biblia. Cuando la ley, que negaba la supremacía papal, fué introducida por el rey en el parlamento, en 1534, una gran mayoría estuvo a favor. Así había comenzado la Reforma de la Iglesia en Inglaterra.

UNA IGLESIA BÍBLICA
Enrique introdujo una Biblia inglesa en cada templo, pero no le agradó tener más cambios radicales. Años antes el rey había recibido el título de «Defensor de la Fe» de parte del Papa, por haber escrito contra Lutero, y retuvo su sospecha de la doctrina reformada hasta el día de su muerte. La Reforma tomó más ímpetu durante el reinado de su hijo, Eduardo VI (r. 1546-53). En 1549, Tomás Cranmer, el Arzobispo de Canterbury, produjo el primer «Libro de Oración Común». Este libro y las ediciones subsiguientes, han dado al anglicanismo su carácter distintivo junto con una base bíblica.
Por medio del Libro de Oración Común, los cultos públicos han recibido una forma litúrgica que facilita la participación de toda la congregación en su propio idioma. Se preserva mucho de las liturgias antiguas, pero incluye materias compuestas por los reformadores y exhala una atmósfera profundamente evangélica.

UNA IGLESIA COMPRENSIVA
El carácter bíblico de la Iglesia Anglicana no se realizó sin sufrimiento. La reina María (r. 1553-58) intentó hacerla volver a la obediencia romana. Tomás Cranmer, otros obispos, y una muchedumbre del pueblo, fueron quemados por su imperturbable adhesión a los principios bíblicos. Este costoso testimonio facilitó el restablecimiento de La Reforma por Isabel I, (r. 1558-1603). Su excomunión por el Papa en 1570, consumó la ruptura con Roma. Consciente de la diversidad de convicciones religiosas dentro de su reino, Isabel dio un carácter comprensivo y tolerante a la Iglesia «no inquiriendo demasiado en las conciencias». La reina resistió las demandas de los extremistas de que toda tradición no explícitamente autorizada por la letra de la Biblia debiera ser eliminada. Los 39 Artículos de Religión, aprobados en 1562, definieron los límites de esta política comprensiva. Desde aquel entonces, el desafío anglicano ha sido: «Muéstrennos que hay algo claramente expuesto en la Sagrada Escritura que nosotros no enseñamos y lo enseñaremos. Muéstrennos que hay algo en nuestra enseñanza y práctica claramente contrario a la Sagrada Escritura y lo abandonaremos». Al no forzar a sus fieles a una conformidad absoluta, el Anglicanismo pone su confianza en la autoridad del Espíritu Santo «Él nos guiará a toda verdad». El Libro de Oración Común y los 39 Artículos, protegen a las Iglesias contra la herejía, el desorden y la anarquía, pero no se quita al individuo el derecho y el deber de seguir su conciencia iluminada por el Espíritu Santo y la Palabra.

UNA IGLESIA CATÓLICA Y PROTESTANTE
El adjetivo «católico» describe lo que es «general» o «universal». Los anglicanos llaman a su Iglesia «católica» porque están convencidos que ella sigue siendo una parte genuina de aquella, verdadera Iglesia, la Iglesia Universal, que en todas partes y por todos los siglos ha confesado a Jesús como su Señor y Salvador. En la Iglesia Primitiva los cristianos denominaban «católica» a aquella fe y práctica enseñada por la Iglesia Universal, para distinguirla de los errores inculcados por sectas aisladas. Al llamarse católica, la Iglesia Anglicana enfatiza que ella no es una secta herética ni cismática, sino que posee continuidad con la fe, práctica y ministerio de la Iglesia Primitiva. No olvidando nunca que la tradición eclesiástica es inferior a la tradición apostólica contenida en las Escrituras, el Anglicanismo se complace en aprender del pasado. Sus miembros expresan su fe por medio de los Credos formulados en la antigüedad — el Credo de los Apóstoles, el Credo de Nicea y el Credo de Atanasio. Hay respeto por las decisiones de los Concilios Generales cuando no contradicen a la Escritura. El pensamiento de los Padres de la Iglesia, y de los demás maestros fieles que Dios ha dado a su pueblo en cada época, enriquece y profundiza su entendimiento de la Palabra de Dios.
Los anglicanos insisten que su protestantismo no es lo opuesto del catolicismo original, sino su salvaguardia. El adjetivo «protestante» denomina a aquellas iglesias que testifican a favor de la tradición apostólica encontrada en la Biblia y aceptada por el catolicismo: envuelve una protesta contra las doctrinas católico-romanas, o sea aquellas doctrinas añadidas después por la Iglesia de Roma. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario